Marcha de la conspiración, la pólvora y la traición

Recuerden, recuerden,
el 5 de noviembre
conspiración, pólvora y traición.
No veo la demora y siempre es la hora,
de evocarla sin dilación.

El 5 de noviembre de 1605 una figura solitaria fue arrestada en los sótanos del Parlamento inglés. A pesar de que en un primer momento dijo llamarse John Johnson, una sorprendente serie de confesiones empiezaron a surgir bajo tortura. Guy Fawkes, como en realidad se llamaba, fue uno de los trece que conspiraron para volar por los aires el Parlamento, al rey y a sus príncipes, para sumir a todo el país en el caos.

Anarquía significa “sin líderes”, no “sin orden”. Con la anarquía llega la edad del ordung, del orden real: es decir, del orden voluntario. La edad del ordung comenzará cuando el incoherente ciclo del verwirrung que estamos viviendo finalice. Esto no es la anarquía, es el caos.

El orden involuntario alimenta la insatisfacción, madre del desorden, padre de la guillotina. Las sociedades autoritarias son como el patinaje sobre hielo: intrincadas, de una precisión mecánica y, sobre todo, precarias. Dentro de la frágil corteza de la civilización se agita el caos… y hay lugares donde el hielo es delgado a traición.

Cuando la autoridad detecte que el caos le pisa los talones usará las estratagemas más infames para salvar su fachada de orden… Pero el orden sin justicia, sin amor o libertad no puede posponer el descenso de su mundo al pandemonium.

La autoridad permite dos roles: el torturador y el torturado. Transforma a la gente en tristes maniquíes que temen y odian mientras la cultura cae en el abismo. La autoridad deforma el trasero de sus hijos. Convierte su amor en una pelea de gallos… El colapso de la autoridad destruye habitaciones, aulas, iglesias y escuelas por igual. No hay control.

La igualdad y la libertad no son lujos que se puedan dejar de lado como si nada. Sin ellas, es inevitable que el orden alcance profundidades difíciles de imaginar.

El caos vive su esplendor sin nuestra ayuda. Por nuestra parte, preferimos pensar que ha llegado la hora de poner algo de orden. Haced lo que queráis, ésa es toda la ley.

La anarquía tiene dos caras: la creadora y la destructora. Así, los destructores derriban imperios; crean un lienzo de escombros sobre el que los creadores pueden pintar un mundo mejor. Mas, una vez obtenidos, los destrozos tornan irrelevantes las nuevas ruinas. ¡Adelante, pues, con nuestros explosivos! ¡Fuera los destructores! No hay lugar para ellos en nuestro nuevo mundo.

Brindemos este día 5 de noviembre por todos nuestros terroristas, por todos nuestros bastardos, los más odiosos y los que no podemos perdonar en la Puerta del Sol de Madrid. Bebamos a su salud… y que no los veamos nunca más.

Te esperamos a las seis de la tarde.

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